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| Y un día llegó a casa un fotógrafo que debía tener una labia de la hostia, porque convenció a mi madre para que le dejara hacernos fotos a todos los que, ajenos al peligro que se avecinaba, no pudimos huir a tiempo.Y las hizo, flashazo tras flashazo, y a mí me peinaron para la ocasión, ya, como puede verse, sin flequillo. Los sesenta se habían terminado. | ||